Jesús Ruiz firma el III concierto del I Ciclo Internacional de Órgano en Medinaceli
La Basílica de Jesús de Medinaceli vivió ayer sábado, 30 de mayo de 2026 (12:30 h), uno de esos momentos en los que un templo se convierte también en sala de conciertos sin dejar de ser lugar de oración. Dentro del I Ciclo Internacional de Conciertos de Órgano (abril–octubre 2026), el III concierto tuvo un protagonista natural: Jesús Ruiz, organista titular del gran órgano sinfónico Rieger de la Basílica y responsable artístico del ciclo.
Ruiz —formado en piano, musicología y órgano, con un recorrido sólido de perfeccionamiento y una reconocida sensibilidad hacia el patrimonio (es fundador de la Asociación Amigos del Órgano de Valdepeñas)— planteó un programa que, más que “lucir” el instrumento, lo explicaba. Esa es una de las señales del músico maduro: elegir repertorio que revela la personalidad de un órgano y la inteligencia acústica del espacio.
Un programa pensado como retrato sonoro del instrumento
El itinerario propuesto unió tradición europea y acentos españoles, con una estructura muy coherente: del color y la sugestión a la arquitectura, y de ahí al gran discurso espiritual del Romanticismo.
Louis Vierne – Pièces de fantaisie (Suite nº 3, op. 54: “Carillon de Westminster”)
Abrir con Vierne es declarar intenciones: el órgano como orquesta, el templo como caja de resonancia y el intérprete como director de timbres. “Carillon de Westminster” no es solo un “bis” espectacular: exige control de pulso, claridad de planos y una registración que mantenga la campana viva sin emborronar la armonía. En un órgano sinfónico como el Rieger, esta página sirve para mostrar campanas, lengüetería, fondos y crescendos con una lógica muy francesa.
Eduardo Torres – “Impresión Teresiana”
El tránsito hacia Torres aporta una cualidad distinta: la mística hecha sonido, con perfume ibérico y fraseo de cantabilidad casi vocal. Es una elección excelente para subrayar que el órgano de Medinaceli, aun siendo sinfónico, puede hablar en un registro íntimo y contemplativo, donde el matiz y el color importan más que la potencia.
Johann Sebastian Bach – Passacaglia en do menor, BWV 582
La Passacaglia es el “test” definitivo: estructura, pedal, respiración de la forma y control de la tensión. Aquí el órgano deja de ser solo paleta y se convierte en catedral sonora. Esta obra mide la capacidad del instrumento para sostener el edificio polifónico sin perder transparencia, y mide al organista en algo crucial: cómo construye el arco desde la sobriedad inicial hasta la culminación, sin acelerar el discurso ni confundir grandeza con volumen.
César Franck – III Coral (La menor)
Si Bach pide arquitectura, Franck pide alma: el fraseo amplio, la armonía que respira y esa elocuencia espiritual tan propia del sinfonismo francés. En un órgano restaurado, el coral de Franck es también una demostración de salud: la respuesta del instrumento a los cambios dinámicos, a las transiciones de color y a la nobleza del legato.
Jesús Guridi – “Ofertorio” (Escuela española de órgano)
El bloque español se completa con Guridi, que sitúa la escucha en un territorio cercano: devocional, luminoso y de gran dignidad musical. En un ciclo que quiere ser “faro cultural”, incluir Guridi y Torres es una decisión artística con mensaje: Madrid mira a Europa, sí, pero no se desentiende de su propia tradición.
Franz Liszt – Variaciones sobre Weinen, Klagen, Sorgen, Zagen, S.180
Cerrar con Liszt es culminar con dramatismo noble (no efectista), porque esta obra convierte un material de Bach en una gran meditación romántica sobre el dolor y la esperanza. Es música de tensión interior, de ascenso, de transfiguración. En manos de un organista con experiencia, Liszt permite unir virtuosismo y sentido: que el público “sienta” el viaje sin necesidad de explicaciones.
La clave experta: un recital que también es pedagogía del oído
Lo más valioso de este concierto —más allá del nivel interpretativo y del atractivo repertorio— fue su inteligencia de programación: cada pieza iluminó una faceta del órgano restaurado y de la acústica de la Basílica. En un instrumento con esta envergadura (más de 6.000 tubos, cuatro teclados y pedal), el riesgo habitual es el exhibicionismo tímbrico; aquí, en cambio, se percibió una idea de fondo: hacer del órgano un narrador, no un artificio.
Ese enfoque encaja perfectamente con el espíritu del ciclo, presentado como una apuesta por consolidar el órgano de Medinaceli como referente cultural en el corazón de Madrid, sin perder su identidad litúrgica. El resultado es una propuesta que suma: culto y cultura dialogan, y el oyente sale con la sensación de haber asistido a algo más que un concierto.
Un ciclo con vocación europea… y raíz franciscana
Este I Ciclo Internacional (abril–octubre 2026) reúne intérpretes de distintos países y estéticas, con especial atención al gran repertorio europeo, sin renunciar a la música española ni a formatos con otros instrumentos. Y además se inscribe en el VIII Centenario del tránsito de san Francisco, recordando que en la tradición franciscana la belleza no es adorno: es camino de encuentro.
Tras los conciertos ya celebrados, la programación continúa con citas muy atractivas:
6 de junio: Lucie Žáková (República Checa)
13 de junio: Anton Shkliaruk (Ucrania), Noelia González y Alberto Serrano (España) – concierto especial órgano, piano y trompeta
26 de septiembre: Arturo Barba (España)
3 de octubre: Christian Bischof (Alemania)
El concierto de Jesús Ruiz ha dejado un listón alto y, sobre todo, ha confirmado algo esencial: cuando un organista conoce su instrumento como se conoce una voz propia, el órgano deja de ser “una máquina magnífica” para convertirse en presencia. Y eso, en una basílica como Medinaceli, tiene un peso especial.
En este enlace puedes disfrutarlo íntegro
(L López)